Era uno de esos juegos de trivia por televisión en los que se apostaba por categorías y cantidades. Él sabía cómo apostar, robar respuestas y proponer categorías difíciles. Se tenía confianza, mucha confianza.
Cuando llegaba a la parte final del cada concurso, en la que apostaban de lo ganado para multiplicar su dinero, él se administraba y apostaba lo suficiente para no arriesgar su delantera, lo que provocaba que los contrincantes se sintieran frustrados, incluso robados, porque el campeón no arriesgaba y los dejaba a todos en la orilla.
El campeón aspiraba de tal manera aquel crucero por el Mediterráneo que daban al que ganara sus cinco certámenes, que hasta podía sentir el viento de la travesía en su cara, despeinando sus pocos cabellos. Cada uno de los escollos los vencía con una media sonrisa, que reflejaba superioridad y hasta burla a los demás infortunados que se enfrentaban a él y quedaban por debajo de su enciclopédica sabiduría. Antes de cada emisión, cuando el conductor trataba de hacer ambiente en el concurso, le sugería al campeón que les diera un consejo a los retadores, su frase era la misma “Les deseo suerte… pero no mucha, ja ja ja ja”
Los cuatro previos los había bien, era un campeón excelente. Incluso en un par de ellos se había dado el gusto de perder en el último desafío y quedarse por un peso arriba de sus contrincantes, que sí sabían la respuesta, él sabía cómo hacerlo, además tenía suerte.
Llegaba el último reto de sus cinco programas, se puede decir que iba en segundo lugar, pues uno de sus retadores se había ido ligeramente arriba y el otro estaba empatado con él. Sabía que con el empate le bastaba, pues el criterio de desempate le daba la razón al campeón, por lo tanto él ya se hacía a la idea de ir escogiendo camarote en el barco de su imaginación.
Era el momento final, hizo su movimiento acostumbrado, apostó de acuerdo a su conciencia … observó a sus alternantes, la luz del estudio parecía calentar más a los retadores, los veía apurados y sintió que la suerte lo acompañaba, se esponjó, como una especie de pavorreal helénico que se veía en bermudas asoleando su prominente abdomen al sol de Grecia. El tiempo se acabó y llegó la pregunta: “ciencia que estudia los blasones, escudos de armas y apellidos”… ¡se la sabía! Escribió rápidamente y volteó a ver de reojo a sus competidores, los veía sudar… estaba cantando su triunfo, pensando en su discurso triunfal… los veinticinco segundos que le sobraban eran largos y disfrutables…
Cuando dieron la respuesta correcta –heráldica- su sonrisa de triunfo se apagó. Olvidó su discurso de vencedor, apretó la mandíbula al tiempo que su boca se torció desencajada, se meció su casi calvo cráneo con la mano izquierda mientras su mano derecha se convertía en un puño que parecía un mazo en busca de la fragua correcta para aplastar el hierro candente de vergüenza en su cara. Ahora la luz del cálido sol del Adriático se disipaba para darle lugar al calor seco de los reflectores del estudio.
Había descuidado un detalle, una insignificancia del tamaño de una moneda de a peso, su respuesta era la correcta, pero él en su autosuficiencia había apostado diferente a los cánones. Estaba seguro que nadie se la iba a saber la respuesta, nadie incluso él. La desilusión llegó en el momento mismo en el que el competidor empatado, y tercer lugar en los hechos, también se la supo y actuó como lo haría un mortal común y corriente, apostando todo su resto.
Vino su turno y entonces su estrategia superior, de todo un triunfador olímpico, naufragó en el mar de su soberbia, lo que antes era un empate con sabor a triunfo ahora lo bajaba de su viaje soñado… había apostado todo lo que tenía menos un peso, y el otro competidor no supo la respuesta, por lo que quedó en segundo lugar… la ley del karma se le había cumplido tal cual la había invocado… había tenido suerte, pero no mucha.
sábado, 22 de mayo de 2010
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